13 mayo 2010
Felixín
Era un hombre solitario, desaliñado, flaco y sin afeitar; siempre vestía los mismos pantalones acompañados de una camiseta de tirantes blanca y la chaqueta de un chándal viejo que alternaba según la estación con una camisa de cuadros sucia y un jersey gris. Tenía la cara marcada de arrugas y manchas y unos ojos chiquitines. Por lo menos así lo recordaré físicamente. Sin embargo, a pesar de sus pintas, no se trataba de un mendigo o un sin techo, como dicen vulgarmente; Felixín vivía en una antigua casa de piedra, casi abandonada que se encontraba al final de la calle del Molino, la misma que yo recorría a todas horas con mi bicicleta de niño. Recuerdo que a su llegada, esa casa empezó a llenarse de gatos. Parecía tener un imán para con ellos. Mis primos, mi hermano y yo, solíamos acercarnos allí y mirar por la sucia ventana para ver que extraños experimentos realizaba aquel hombre en su casa; la imaginación de un niño de ocho años es muy grande, máxime cuando se trata de casas abandonadas y hombres raros que habitan en ellas. Sin embargo Felixín sabía perfectamente que le vigilábamos y era consciente de que nuestra imaginación giraba en torno a él. Por eso el día que tuvimos nuestra primera conversación, me desvelo el gran secreto: ¿Sabes por qué tengo tantos gatos? –me preguntó- Porque los clono con el microondas – y se quedo tan pancho. Yo le miraba atónito, pero a él no le importaba, insistía en explicarme la fórmula de clonar gatos y de manera muy humilde expresaba lo orgulloso que se sentía de tan grande descubrimiento.
Llegue a casa y le dije a mi abuela: El señor Felixín está como una cabra... Ella me explico que había sido marinero y que el mar vuelve loco a mucha gente. Pero a mí me encantaba la idea de que Felixín hubiera vivido en el mar, siempre pensé que los marineros eran gente solitaria que disponían de mucho tiempo para pensar sobre gran cantidad de cosas.
Pasaron los años y al mismo tiempo que yo crecía lo hacía también su barba grisácea manchada por todo lo que fumaba. Algunas noches de invierno, al salir del pueblo, por la carretera podías encontrártelo recogiendo caracoles con un chaleco reflectante que alguien le había regalado, conociendo su afán por caminar de noche. En otras ocasiones llegaba a nuestra casa y le daba a mi tía una bolsa con setas que había recogido esa mañana. Ella las miraba durante un momento pensando hasta que punto serían comestibles; A la tercera vez simplemente le daba las gracias y las echaba en la cazuela. Estaban deliciosas. Era una de las pocas personas del pueblo que recordaba mi nombre, "Don Álvaro de luna" me llamaba, y yo no sabía por qué. Después me entere que fue un noble del siglo XV.
En los últimos años en que mis viajes al pueblo eran menos frecuentes, siempre que nos veíamos me preguntaba por mi vida, por el teatro; se tiraba largos ratos hablando conmigo mientras tosía por todo el tabaco acumulado en sus flacos pulmones. Muchos me decían que no le diera coba, "este Felixín se pone a hablar y no hay quien lo pare" decían. Pero ese hombre solitario y gris siempre me resultó misterioso e interesante.
Hace unos días murió.
Sus pulmones ya no aguantaron y descansaron por fin. Lo enterraron en el cementerio del pueblo, aunque si yo hubiese sido familiar suyo, lo hubiera incinerado y arrojado sus cenizas al mar. Sirva este escrito como mi pequeño homenaje a un hombre que no hizo nada grande en la vida, salvo vivir y clonar gatos en un microondas, que ya es bastante. Quizás por esa razón, ahora que se ha ido, todos esos gatos esperan acostados en la calle a que vuelva. Pero por suerte o por desgracia ningún loco ha inventado aún el horno para clonar humanos.
Descansa en paz Felixín…
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Me ha encantado la historia, que parece vivida en tus propias carnes supongo. Quizá por eso está tan bien contada.
ResponderEliminarAbrazo máquina