8 de Julio de 2010
De nuevo la compañía volvía a una prisión, en esta ocasión la de Villalonquejar, Burgos. Con el grato recuerdo que se llevaron de la primera, la segunda vez se encontraban preparados para actuar frente a ese público tan agradecido.
Las puertas pesadas se cerraban detrás de ellos antes de abrise las que tenian delante. El ruido que hacian al cerrarse era firme, sentencioso, como si una voz metalica impusiera un: Hasta aquí.
Tras pasar por varias de esas puertas entraron sin darse cuenta en el patio de la carcel; miraron a un lado y a otro y vieron en los soportales que circundaban el patio algunos presos sentados. El acceso al teatro se encontraba al otro lado, de modo que con toda la utilleria que llevaban, comenzaron a atravesar ese extenso patio. Los presos levantaron las miradas, muchos silbaban a las actrizes, otros las piropeaban. Uno de ellos se acercó a un miembro de la compañía que en ese momento transportaba la bicicleta, y le pidió dar una vuelta. Era la bicicleta que usaba el afilador. Posiblemente aquel preso no tendría muchas ocasiones de pasear por ese patio montado en una. Allí podían jugar a futbol, pasear de un lado a otro o quedarse sentados en una esquina. Hoy los comediantes les ofrecian otra alternativa…




